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El poeta del sobresalto - Alberto Luis Ponzo

 

La altura de un idioma fraternal.

 La sustancialidad de la obra de Antonio Porchia exige una extremada penetración y representa una experiencia impar para el que se acerca a ella por primera vez. La dimensión de su material verbal, la extensión formal característica de su estilo y la totalidad encerrada en sus límites, no guardan relación con los alcances de su significado y el entrañable peso de las palabras.

Es muy difícil "ubicar" a Porchia dentro de la literatura argentina, no sólo por su expresión alejada de las tendencias más difundidas, sino por su actitud y voluntad de responder con su vida al pensamiento esencialmente poético. Sus creencias fundamentales no son contrapuestas a su manera de vivir. Mientras hay escritores que esperan homenajes, triunfos y halagos que son la muerte de la humildad, Porchia enseña que no hay expresiones para ganar nada, sino para "ser ganado" por la revelación y la gracia de un momento cósmico.

"Sin el poema, ¿qué es el hombre? Sin el hombre, ¿qué es el poema?" Con una forma de vida artificial, con el frecuente desdoblamiento que se da en una obra ante las circunstancias de su realización, no puede haber mañana en el arte, ni mañana en los seres humanos.

Lejos de toda seducción, al margen de la despiadada competencia literaria, Antonio Porchia iba por donde lo llevaban sus palabras, y éstas se ajustaban desnudamente a todos sus actos. Modelado y además era modelado por sus cualidades y sus errores. Porque "quien dice la verdad, casi no dice nada". De los errores puede decirse mucho más, porque "una cosa sana no respira", no se siente respirar, diríamos, mientras vivimos sintiendo a nuestro alrededor como sufren otros los errores del mundo, como se mueven los hombres para cometer nuevos errores.

Porchia-escritor no ignora que sobre su vida transcurren otras vidas y que sobre su azarosa búsqueda de verdad hay grandes y efímeros momentos que se encargan en los pequeños y eternos momentos del poema-voz.

Enseñar a "ganarlo todo" es la peor enseñanza de nuestra civilización: ganar prestigio, influencia o poder que sólo conducen a la pobreza del arte. "Y menos mal que yo me enseñe, solo, a perderlo todo", dice con voz y ojos que no sólo denuncian la profundidad de su mente, sino la dignidad extraña y dulce para saber desprenderse de lo innecesario, así sea en el lenguaje como en la vida diaria, en esa otra profundidad de la subsistencia difícil.

Si hubiera que resumir en una sola de sus Voces la clave de esta subsistencia, tal vez serviría de ejemplo la que expresa: "He llegado a un paso de todo. Y aquí me quedo, lejos de todo, un paso".

¿No llegó justamente a un paso de todo Antonio Porchia? ¿No estaba lejos de todo: de los aplausos, de las riquezas, de "la degradación del nivel de vida y la soberanía del objeto", como dice Octavio Paz?(1) ¿No estaba un paso del universo y  lejos de las ambiciones que lo desintegran día a día? ¿No estaba a un paso del infierno y del paraíso, cuando confesaba: "Iría al paraíso, pero con mi infierno; solo, no" ¿No estaba lejos del dolor y de la felicidad, cuando admitía que "Herir al corazón es crearlo"?

El creaba su corazón a cada instante. No escribía sobre su vida, sino "desde" su vida. Por eso no empleaba la extensión, sino la intensidad.

El decía: "Mi última creencia es sufrir. Y comienzo a creer que no sufro".

Por eso creía tanto y no hacía ninguna obra. De acuerdo con su propio pensamiento, las Voces "se hacían" en él.

Llegaba a la experiencia poética totalmente inocente, porque no esperaba "llegar". Pero no se llega a ninguna parte, y menos en la poesía, sin libertad de pensar, de ver, de sentir. Es una libertad pagada "con mi encadenamiento a la tierra", dice Porchia. Llegar es entonces un constante empezar a conocer; no es la posesión del conocimiento, sino el contacto inicial con la palabra cargada de circunstancias comunes o extraordinarias. Es un no llegar nunca, un no saber llegar. Y una revelación no buscada a un paso de la llegada.  Las Voces de Porchia fueron reveladas mucho antes de haber sido escritas. No se adelantan a la visión, sino que la preparan. Y también él no se adelanta a su vida, sino que la siente antes y la ciñe a sus deberes esenciales, a sus pocas necesidades, que de tan pocas lo hacen vivir más, como si el ser se extendiera a medida que las cosas van desapareciendo.

"He abandonado la indigente necesidad de vivir. Vivo sin ella".  ¿Vivía él realmente sin esa necesidad, o necesitaba privarse de las cosas, para comprenderlas? ¿Nacieron sus Voces cuando se sentía más incomunicado, o llegaron a él después de unir todas las Voces que lo acompañaban, de lejos y de cerca?

Las alusiones ahora la soledad, al vacío, al dolor --contingencias que trata sin amargura, con inflexible conducta, que no reclama ningún consuelo o protección-- son frecuentes y constituyen temas envolventes de inesperados sesgos expresivos. Pero significan además de una actitud abnegada, un elemento reflexivo que introduce en la escritura para iluminar los lados opuestos de la reallidad..

En esta forma Porchia recurre a lo pasajero para hacer ver la eternidad, a la caída para hacer sentir el ascenso, a la pequeñez para acercarse a la grandeza, a la oscuridad para alumbrar el lenguaje.

Logra por último remover su experiencia hasta el abismo y desde allí, sin engaños ni desvaídos discursos, con la altura de un idioma fraternal, "con el aire y la nada", como afirma Voggelman,(2) viene a nosotros.

 

(1) Paz, Octavio, "Los signos en rotación", Sur, Bs. As. (1965)

(2) Vogelmann David J., "La vida detrás de las palabras" revista "Crisis" Nº 37, Bs. As., Mayo de 1976

DEJABA A SOLAS CON UNA VIDA NUEVA

 Palabra que acompaña la visión, la maravilla de descubrir una realidad que entusiasma, "admiración" viene muy bien para expresar todo lo que puede decirse de Antonio Porchia.

He pensado que este sentimiento tiene origen en algo más profundo que la palabra, más perturbador como experiencia humana y como presencia de un hecho artístico.

Yo he sentido admiración al conocer a Juan L. Ortiz, al oír su voz transparente y delicada como el paisaje y el agua, que son otra compañía para   el hombre en busca de "toda criatura viviente". He sentido después una admiración distinta, corno si la mirada empezara a mirar y también la poesía empezara a ser otra poesía, al conocer a Antonio Porchia.

¿Qué hace más extraña o más intensa esta admiración?

He oído hablar de obras realmente admirables, como si esas obras fueran todo y como si fuera suficiente el efecto de la inteligencia o del talento para juzgarlas.

Pero hay una admiración más exigente y hay poetas que poseen la facultad de "atraer", respondiendo a la necesidad de encontrar detrás de la poesía un conocimiento que no da únicamente la expresión. Es la vida que ha reservado para ese instante un grado más de significación, un espacio para que se abra otro acceso al pensamiento y al contenido verbal.

Recuerdo que había cambiado con Porchia algunas líneas y que él en varias oportunidades me hizo llegar, con su letra de rasgos claros y levemente inseguros, algunas de sus Voces. Decía una de ellas: "Busco la certeza de las cosas y cuando la encuentro, me muerdo los labios ". Desde entonces supe que estaba "en" Antonio Porchia: era mi certeza más entrañable.

Cuando lo vi por primera vez y me dio la mano, y me miró con ese rostro "rudo y humano que describe Galtier, (3) también supe que la admiración por un poeta representa la culminación de un estado de vida y que después llega el momento que verdaderamente se admira un estado del lenguaje.

Porchia estaba conmigo y estaba para que nadie lo viera, o para estar sin ocupar ningún sitio visible. Por eso había dicho: "No estoy demás en ninguna parte, porque no me cuento en ninguna parte". Estaba allí presente y ausente como un recuerdo, porque "Vivimos sólo para ser un recuerdo".

Y Porchia, sí, había vivido para quedar en todas partes a pesar de su natural aislamiento. Había vivido para las cosas que lo esperaban y para los hombres que le daban la mano. Y después se iba y dejaba su recuerdo, que era todo gravitando como una entidad diferente y parecida a él.

A veces no queda más que la memoria de un hombre. Porchia dejaba su vida en la memoria, agregaba recuerdos que tenían una existencia propia, como emanaciones de su creciente personalidad. No importa que no lo viera más, ni que no tenga más recuerdos de él. Cuando el recuerdo existe, basta que sea un solo recuerdo y que no pierda su traslucidez.

Cuando Porchia dijo: "Todo lo que cambia, donde cambia, deja atrás dé sí un abismo" no sabía que estaba hablando del cambio que él mismo provocaba en los que lo conocían. Dejaba, ciertamente, un abismo: la vida ya no era como antes. Dejaba a solas con una vida nueva.

Había que cruzar ese abismo y comprender después cómo había llegado, cambiando él mismo la realidad.

Con su vida la realidad pudo ser más realidad. La poesía, con sus Voces, tuvo otras voces; pero no tuvo más palabras, porque el lenguaje perdió sus ornamentos y se quedó en llaga, en hueso.

DEJANDO TODO, MENOS LA INOCENCIA

 "No es realmente pobre --escribe el sabio Kobokugen-- (35) el que percibe un defecto en su pobreza." Y Porchia dice: "Nadie te llama pobre. Es que nadie te quiere''. Entre estos pensamientos, separados por varios siglos de especulaciones filosóficas, existe un misterioso enlace que sirve, además, para establecer una característica que nos permite esclarecer los objetivos esenciales de su lenguaje.

Los "defectos", como ausencia de perfección en una actitud o en el conjunto de ideas sobre la vida humana, excluyendo todo aquello que conforma una deficiencia psíquica, no surgen nunca de un estado de pobreza, según la filosofía búdica. Los verdaderos defectos se presentan inevitablemente en el mecanismo de la sociedad actual, y con ellos no sólo se desajustan las piezas, las relaciones sociales y se entorpecen todas las actividades como consecuencia de sus desequilibrios, sino que la existencia se torna artificial, sin espontaneidad, sin, intensidad ni sentido.

La "pobreza" adquiere para Porchia, como para la filosofía oriental, un significado esencial, pues sólo en ella se sustenta una verdadera "existencia" y una verdadera "poesía", al margen de procedimientos que alejan de otros esfuerzos primordiales, como crear condiciones para la serenidad y la comunión.

Llegar a este estado de pobreza sin percibir defectos en ella, es disponer de los bienes que produce un orden más profundo y natural: es cumplir anhelos más urgentes.

Porchia asegura que su pobreza refleja perfectamente la medida del hombre y revela que el amor al prójimo surge como consecuencia de su valoración. No se trata de ninguna privación material, sino de las privaciones a que se vería sometido adquiriendo cosas innecesarias.

Ser bondadoso y frugal, Porchia se había acostumbrado a la pobreza, y la pobreza lo había enriquecido tanto que deseaba para los demás esa vida inseparable de "tres o cuatro costumbres inocentes".

"Porchia era fundamentalmente bueno --cuenta César Tiempo-- (36) y aún hablando de cosas duras lo hacía sonriendo." ¿Y qué más duro que "andar entre las nubes" mientras a su alrededor veía, entonces como hoy, el odio y la ignorancia? Pero él, a su manera, luchaba para desterrar de la sociedad la injusticia y la corrupción. Invitaba a "vivir de veras la vida y la poesía", como expresó, Octavio Paz al relatar la vida libre y luminosa de Basho. "Que tuve todo lo sé --escribe Porchia--, no por lo que tuve. Lo sé porque después no tuve más." Ese "no tuve más" marca el límite a que había llegado su pobreza sin defectos, una línea que mantuvo sin lamentarse nunca, porque "Cuando ya nada me quede, no pediré más nada".

¿Podía lamentarse de lo que no necesitaba? Se puede creer en ciertas necesidades pero su necesidad más constante era "creer". A veces "Se aprende a no necesitar, necesitando". ¡Y tanto es lo que se necesita vivir, sin ser un autómata adquiriendo cosas, haciendo grandes sacrificios para cambiar de necesidades o para buscar otros trabajos más adecuados para satisfacer necesidades cada día más indeseables!

"Voy perdiendo el deseo de lo que busco, buscando lo que deseo ", no es una frase literaria ingeniosa, ni es un poeta el que la escribe para sí  mismo. Es uña verdad y una entrega total que no pueden desvincularse: es la búsqueda esencial de lo cotidiano, de lo desconocido, para no caer bajo la influencia de un deseo sin búsqueda, de un objeto que "obtenemos", pero no "creamos".

Crear era para Porchia más importante que poseer. No sólo practicaba esta suerte de apostolado de la humildad, sino que no hacía ninguna ostentación de ella. "Algunas cosas me he resignado tanto a no tenerlas --confiesa-- que ya no me resignaría a tenerlas. "

Al desasirse de esas cosas, nacía en él un verdadero conocimiento del mundo y se encontraba en libertad para juzgar o para comprender sus valores, sin ningún condicionamiento.

"Los méritos de una cosa no vienen de ella: van a ella. " ¿Un cuadro vale por la belleza que difunde, o por lo que el hombre ve en el cuadro? ¿Es más importante un poema por su sonoridad verbal, o por la conmoción que produce? Ir hacia las cosas no es lo mismo que ambicionarlas. Porchia va dejando todo en el camino, menos su inocencia. No sabe "ganarse" en otra forma la vida y se deja ganar poco a poco por ella. Y la vida no da nada: simplemente se llega o no se llega a vivir, se abren los ojos o se cierran, se dejan huellas o se pierden rápidamente en la historia.

Para Antonio Porchia todo es Realidad y el hombre forma parte de ella, inexcusablemente: sólo puede encontrarse "obrando" con claridad en su obra. Por eso hubiera podido escribir, como André MaIraux: "¿Qué me importa, lo que sólo me importa a mí mismo?(37)

 

A él le importaba todo. No quería nada y todos lo queríamos a él, porque era así.

 

EL SURREALISMO Y LA POESíA DEL SOBRESALTO

 

Graciela de Sola(38) menciona a Antonio Porchia entre los poetas "vinculados con el surrealismo", conjuntamente con Oliverio Girondo, Jorge Enrique Ramponi, Alberto Girri y otros. Recuerda que ha sido ajeno a los grupos literarios y que su aproximación se revelaría por "diversas actitudes" y no pocas de sus afirmaciones o ideas poéticas, como creemos nosotros. Este movimiento tiene principios filosóficos y rasgos distintivos que pueden ubicarse en el mismo plano en que Porchia elabora su obra, que tiende también --como asegura Cesellí al hacer la historia del surrealismo en la Argentina(39)-- a la "transformación radical de los valores estéticos, sociales y espirituales que imperaban en su tiempo".

Fue tal vez por este significado que André Breton, autor de los Manifiestos publicados a partir de 1924, llegó a afirmar que Porchia representa "el pensamiento más dúctil de expresión española" y luego contribuyó con otros poetas y críticos franceses a difundir las primeras Voces(40). Sabemos, por otra parte, que Roger Caillois tradujo en 1949 al desconocido escritor para la revista Le Licorne, y que el mismo año apareció el pequeño libro Voix (Ediciones G.L.M., París), mientras un inexplicable silencio, sabiamente aceptado por Porchia, era en Buenos Aires el seguro destino hacia su perdurabilidad, más allá de una repercusión apresurada que hubiera sorprendido al mismo autor. Aquel acontecimiento, en cambio, era "generado por su propio y generoso contenido", como expresa Vogelmann en el prólogo de la edición argentina (Ediciones Francisco A. Colombo, 1964).

Aquel inesperado contacto con los poetas franceses no hubiera trascendido si el libro no tuviera aquella "vida" y aquella insólita sencillez que tuvo entonces para los que iniciaban la "Révolution surréaliste". ¿Cuáles fueron, entonces, los elementos que más llamaron la atención y que vinculan a Porchia con esta corriente ?

 

Si el surrealismo significa "imponer una nueva manera de pensar, de vivir y de expresarse", como dice Ceselli, es evidente que Antonio Porchia, sin proponérselo, se encontraba en el mismo ámbito poético, aunque no había fijado sus límites ni se sentía influenciado por las técnicas empleadas por otros poetas.

No es su estilo despojado, ni siquiera algunos puntos de vista o las experiencias poéticas, lo que lo acerca al pensamiento de los que exaltaban "la libertad artística" y el "divino furor" de que hablaba Platón, como recuerda  Guillermo de Torre(41). No son los métodos, sino las verdades y los actos más nobles, lo único que a Porchia podía ayudar como fundamentos comunes.

"La poesía debe tener por fin la verdad práctica", frase ampliamente difundida por el grupo, tiene una profunda analogía con las palabras de Porchia: "La poesía no es el saber, porque es verdad. La única verdad" Aunque no habla de un "fin", va más allá todavía al sostener: "La poesía siempre es un todo. Las demás artes, si son artes, son poesía". Para impedir que esa poesía sea interpretada como una actitud mental, aclara después: "Al ser algo, somos poesía, sino no somos. La poesía une, vincula; cuando somos, somos uniones" Se pueden encontrar aquí no sólo los vínculos señalados con el surrealismo, sino una distinta actitud afirmada por la expresión de quien no se ha quedado en definiciones o doctrinas.

Otro de los contactos que podemos señalar es la relación con un "todo" reiteradamente valorado por Porchia. El hombre no está solo, no vive para sí mismo ni puede vivir sin integrarse a la vida cósmica. Su necesidad de conocimiento lo arroja a otros mundos, sin olvidar 'lo maravilloso de la vida cotidiana", como escribían los surrealistas. Dice Porchia: "Situado en alguna nebulosa lejana hago lo que hago, para que el universal equilibrio de que soy parte no pierda el equilibrio".

El punto de partida de esta idea de equilibrio sería el que expresa también el surrealismo al plantear "la futura fusión del hombre con el universo para la conquista del punto supremo". Para Azcuy (42) "el hombre vivió en una sustancial inocencia respecto a cuanto lo rodeaba y en una absoluta identificación con la naturaleza". Otros autores consideran, según el mismo Azcuy, "la época de una humanidad en muchos aspectos superior a la actual que protagonizó sucesos reales de carácter extraordinario".

Como si se sumergiera en esos períodos ensombrecidos de la humanidad, Porchia aspira, como los surrealistas, a recuperar el "universal equilibrio". Si bien el hombre "debe volver a nacer" --como sostienen los filósofos de la India y los maestros del Zen--, muy lejos de experiencias ocultistas y de incitaciones esotéricas, se podría decir que lleva a la práctica una nueva existencia, no una difícil y extática formulación poética.

En todo momento elude el vocabulario afectado o barroco. Su pensamiento es concreto y su apetito de sencillez es tan grande como su "apetito de unidad universal". Habla de lo maravilloso, pero nunca lo persigue fuera de la experiencia individual. No hay nada invisible en las Voces, pero los artificios pueden apartarse de los ojos: "Veo balanzas hasta en la ceguera de mis ojos. Y cegué mis ojos para no ver balanzas".

La "verdadera vida" no está ausente, como escribía Rimbaud, porqué "Si pienso qué es la vida, creo que es un milagro, y si pienso qué es un milagro, no creo en él". No creía en milagros, ni en caminos misteriosos, ni, en perfecciones supremas: "El hombre es débil y cuando ejerce la profesión de fuerte es más débil".

"Yo puedo ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el latido único", escribe Macedonio Fernández(43) otro espíritu impar y próximo al espíritu y al despojamiento formal de Porchia. Las vinculaciones con el surrealismo no se agotan, porque los autores más originales "trabajan en abierto misterio", atrayendo otros lenguajes y nuevas actitudes. Por eso en ellos "la cultura literaria del sujeto, importa escasamente", como escribe G. de Torre. Sin embargo, el sentido que daban Aragon, Breton y otros conocidos teóricos de la doctrina, no es el que encontramos en el autor de Voces, quien carecía posiblemente de cultura formal, pero no por eso revelaba cualidades de vidente, ni pertenecía a la lista de los sabios, profetas o místicos, "guías o precursores" de los poetas surrealistas según el Primer Manifiesto (1924).

Las exclusiones del surrealismo, por lo menos en su primera etapa, denuncian una posición inconciliable con respecto a la tradición cultural que sus integrantes repudiaban. La "arbitrariedad" que entonces proclamaba Breton se revela al leer la lista de los grandes poetas que negaban (Virgilio, Ronsard, Lamartine) y la de aquellos que veneraban (Nerval, Lautréamont, etcétera).

 

Porchia tenía preferencias por algunos autores y reaccionaba a su manera, como los jóvenes surrealistas de 1920-22 "ante lo convencional y académico", y dejaba también "la fantasía en absoluta libertad". Es otra perspectiva de la rebeldía, el mismo gesto irreverente, si se quiere, aunque adquiere en el poeta argentino una suavidad expresiva que no precisa nombres: "Había males y había malos. Hoy hay solamente males. Me he liberado de los malos".

Porchia "escogía sus lecturas, no necesitaba acumular información literaria. Conocía a fondo el Dante, al que citaba a veces", dice D. Vogelmann. Se puede apreciar la diferencia entre quien "escoge" y quienes "rechazan", entre quien "ignora" a algunos escritores clásicos y quienes "no recomiendan" su lectura para romper con un sistema cultural y la concepción de un mundo que parece desintegrarse, durante la Primera Guerra Mundial. Pero lo que importa es indicar hasta qué extremos pueden llegar, inevitablemente, algunas experiencias relacionadas con el contorno social. Los poetas surrealistas "encarnan cierta ebriedad vital"(44) que ha oxigenado el pensamiento y el lenguaje del siglo XX, expulsando materias extra­ñas a la vida del  hombre contemporáneo. Porchia ha sido sensible también ante esa. necesidad, encarnando dentro de su estilo una lucidez que es un, "vértigo vital".

La ruptura que puede deducirse de la lectura de las Voces, es algo más que una formulación estética o social. Tiene analogías con el surrealismo por su "pensar poético" y su intención reveladora del espíritu. No se parece en cambio por sus resultados, porque Porchia llega a la desnudez total del lenguaje como si todo el conocimiento hubiera sido tamizado con desesperación. En los poetas surrealistas el pensamiento incorpora las expresiones inexploradas del "hombre concreto, sus deseos, sus sueños, sus pasiones, su ansia de autenticidad frente a una sociedad artificial, regida por las normas éticas y sociales absurdas, frente a una sociedad mecanizada e hipócrita, con valores arbitrarios y falsos", como dice Aldo Pellegrini (45).

En cuanto a Porchia, une una razonada claridad al misterioso ejercicio del pensamiento; trabaja libremente con el sueño, la realidad, la experiencia y el espíritu. No cierra fronteras, aunque pesa y enmienda, contiene y depura su lenguaje. Sabe que "lo viviente" encierra su propia medida: "vemos por algo que nos ilumina; por algo que no vemos".

Antonio Porchia podría ser ubicado en una "tendencia" sin tendencias, en una búsqueda que no desdeña los deseos y las obsesiones de aquel "hombre concreto". La actividad del pensamiento tiene en él una dimensión que no supone solamente una disciplina poética o una elaboración individual. Su actividad se purifica de las necesidades de carácter personal y se manifiesta plenamente cuando se encuentra con el "otro".

Para "changer la vie", como quería Rimbaud, Porchia cambia la vida que tiene. Ésa es su fantasía esencial y su visionaria idea de la realidad colectiva. Participa sin saberlo del pensamiento más trascendente del siglo actual, para la transformación del mundo y del hombre. No conforme con la enunciación de un "espíritu nuevo", lleva este compromiso hasta sus más iluminadas consecuencias.

Son los hombres los únicos responsables de la poesía, de lo que "hizo" la poesía en el espíritu del hombre: ", al hacer hace. Lo hecho es obra del hacer. Pero lo hecho hace, es el mismo hacer. El hacer no hace nada ".

Lo hecho por Antonio Porchia, con su "prescindencia casi total de la palabra como encarnadura" como dice Graciela de Sola, y su hacer intenso para prescindir de lo que no hace nada, es la enseñanza y el aliento que nos ha dejado.

 

 

UN "DAR COMUNICATIVO": ANTONIO PORCHIA Y LIBERO BADII

 ¿Por qué Antonio Porchia dejaba en quienes lo conocían una impresión tan profunda? Su interior quedaba en el interior de los demás; su "dar comunicativo" --según las palabras de Libero Badií-- penetraba con la intensidad y el arrebato de un hecho casi sobrenatural. Fue justamente este artista uno de los que mejor testimoniaron su influencia personal al interrumpir en la vida de amigos y artistas conmocionados por su modestia y sensibilidad. Sus palabras no hablan de un "mito", sino de una materia y un cuerpo, de un hombre cuyo sentimiento adquiría forma y cuya dimensión se trasladaba a los hechos más corrientes, dotándolos de un significado más vasto e inquietante.

Cuenta Libero Badií que "una mañana del mes de octubre de 1964 estaba en la imprenta Anzilotti; observaba la impresión de una edición especial de 15 ejemplares de Voces. Entre el cuidado estético de la impresión leía Voces y tomé la decisión --continúa relatando-- de ir dibujando en el libro, allí mismo quería ver la Imagen retrato de quien lo había escrito". "Antonio Porchia, cuán cerca lo siento en mi visión de Vida Arte", fue su exclamación interior, su descubrimiento plástico y humano.

Libero Badií emprendió entonces la tarea de grabar y dibujar con los materiales y los procedimientos de su preferencia --tintas, collages, bronce, yeso-- la imagen y las Voces de Porchia.

La realización de esta muestra, realizada en Van Riel en 1965, adquirió un doble significado: era la obra de un hombre que había puesto todas sus "fuerzas de ser", frente a una obra en la que Antonio Porchia había puesto todas sus "experiencias de ser".

Este caso de identificación artística y de acercamiento espiritual no es único en la trayectoria de Porchia. Me atrevería a decir que todos los que lo hemos conocido sentimos el intenso y claro goce producido por la revelación del ser y del poeta, del lenguaje y su trasfondo vital.

Tal vez exista en esta revelación de la escritura y el poeta un abarcamiento mental y visual no frecuente en la literatura argentina. Tal vez aquel ser ingenuo y puro, bondadoso y severo, nos decía que entre el alma y el mundo sólo se manifiestan estados de conciencia, períodos de conocimiento o procesos de la poesía y de la vida, que son indisociables. Su obra podía ser la culminación de muchas de las tentativas de crear un "todo"

con la vida y el arte, el proceso final de abarcar la sociedad mediante los recursos que desarrollamos por caminos menos arduos, abiertos y, renovados, .y con resultados ostensiblemente pobres. Podía llegar al nivel más legítimo, poniendo en ello aquella "fuerza del ser" a que alude Libero Badii, después de haber superado las experiencias de un arte que otros se empeñan en lograr sin ningún renunciamiento.

Antonio Porchia era admirado por la sencillez con que había unificado la labor estética y la conducta humana. Sus creencias le impedían adherir a toda actividad opuesta a la búsqueda de belleza, de justicia y de armonía universal.

Los hallazgos del arte han sido, en todas las épocas, hallazgos para el progreso de la sociedad y para la dilatación de sus medios expresivos y comunicativos. Con su particular visión y su pasión estética, pudo escribir Libero Badii:

 

"Antonio Porchia tiene su alma,

su alma es su libertad,

su libertad es su vida,

su vida es su ver la belleza,

su ver la belleza es su sentir el arte,

su sentir el arte se llama comunicación,

su comunicación es su paz,

su paz es su tiempo,

su tiempo es su todo. "(46)

 

De su alma a su todo: de sus Voces a las resonancias del mundo. "Todo acercamiento es acercarse a un cuerpo, donde termina todo acercamiento". Termina, como tal vez ocurra frente a lo que es inflexible inclinación hacia la verdad, cuando esa verdad sea un acto de total consolidación entre los hombres.


SENCILLO COMO UNA MADERA TOSCA

Al definir algunas características del pensamiento chino, Adolfo P. Carpio(47), logró, veinte años atrás, una de las más agudas interpretaciones, que parecen escritas para descifrar el sentido de las Voces de Porchia.

Quien se nutre de una experiencia corriente del mundo llega, sin darse cuenta, a un nivel del lenguaje en el que reaparecen los grandes pensamientos de otros hombres. El estilo llega a su máxima sencillez, pues el significado importa más, en todos los siglos, que las formas diferenciales del texto. Lejos entonces de pensar en lógicas coincidencias; en lo que a la mentalidad china y a la mentalidad de Porchia se refiere, podemos decir que se han dado a través de ellas, sin dejar de ser en cada caso una verdad independiente, sugestivos contactos frente a un denominador común: la vida humana.

La exposición minuciosa acerca del pensamiento chino, a propósito de la obra de Lao Tse, parece referirse también al carácter poético y al sentido de la obra de Porchia. "Parece como sí a través de toda ella --dice el profesor Carpio-- corriera la oscura intuición de que la realidad no puede ser nombrada, sino tan sólo aludida o sugerida. Por eso el estilo chino se caracteriza por sus frases cortas, frecuentemente simétricas, de concisión extrema, aforístico y simbólico, lleno de figuras y narraciones, de anécdotas y leyendas". Y en otra parte afirma: "Estilo alusivo, lleno de ilustraciones.". En lugar de una formulación minuciosa, metódica, en lugar de indicársenos el camino preciso que lleve al conocimiento de la realidad, hallamos una serie de formulaciones breves, como traducciones de los sucesivos golpes intuitivos por medio de los cuales la realidad indefinible fue captada o presentida. De ahí el continuo aire aforístico y sugestivo, las sentencias y a menudo los finos matices y descubrimientos, pero también el libre vuelo de la fantasía y las más oscuras lucubraciones".

El interés de Porchia "Por las cosas de este mundo" lo acerca a una doctrina que en términos generales tiene en cuenta al "hombre en la sociedad, junto con sus deberes y derechos". A partir de este interés puede manifestarse una experiencia de estilo, que es por otra parte una experiencia de conducta y de sentimiento.

Porchia no se preocupaba escribiendo, sino que escribiendo se preocupaba, que no es lo mismo. "El imperativo es el del cumplimiento del deber (yi) --dice Carpio--, el que a cada cual corresponde por su puesto en la sociedad y que debe cumplirse simplemente "por nada", porque es moral. Además, la noción abstracta del deber se llena también con la noción del Jen, el amor a los hombres, la humanidad. Éste se practica haciendo a los demás lo que uno quisiera para sí mismo"

La personalidad de Antonio Porchia se adecuaba a este pensamiento. Por eso podía darse. Por eso se daba escribiendo y viviendo. Estos dos actos alcanzaron en él una genuinidad asombrosa y natural. Ninguno de ellos hubiera sido suficiente sin el apoyo del otro. De tal genuinidad nace la sabiduría, conociendo los otros hombres y conociéndose a sí mismo" según la frase atribuida a Lao Tse.

¿Qué más puede decirse de Porchia? "Sencillo como una madera tosca", como decía ser el sabio para Lao Tse: "En lo alto no es claro, abajo no es oscuro. Es lo inasible y el misterio".

Pero por ser "asible" su misterio se hace compañía.

 

 

(1) Paz, Octavio, "Los signos en rotación", Sur, Bs. As. (1965)

(2) Vogelmann David J., "La vida detrás de las palabras" revista "Crisis" Nº 37, Bs. As., Mayo de 1976